Licencias Felinas

Publicado en el suplemento Vairedades del diario oficial El Peruano el viernes 27 de octubre de 2017

En la prisión de Cañete, los gatos transitan de celda en celda con total libertad. Y en el taller de telares, son fieles acompañantes del proceso de resocialización de los internos por medio del trabajo y la producción.

El ronroneo suave y los maullidos agudos de los gatos que pasean libremente por el penal de Cañete han despertado el ingenio de los internos que asisten al taller de telares de este centro. Allí, al margen de la pena –entre hilos de colores, madejas y tapetes–, los reclusos hilvanan el peso de la prisión y la esperanza de un porvenir reencauzado.

En las mañanas ajetreadas, y también por las tardes, los internos del taller reciben la visita de mininos de bigotes largos, garras afiladas y miradas obsesivamente fijas. Son decenas y sus movimientos sigilosos son un alegato en favor de la rehabilitación. Su presencia es compañía fiel: sana el recuerdo, aligera la culpa.

Y de tanto rondar por las celdas y otros ambientes de la cárcel, los felinos han terminado por ‘infiltrarse’ en los tapetes de sus anfitriones. Los diseños con figuras de peces, aves, serpientes y dioses incaicos que pueblan los trabajos de los reclusos, han hecho un espacio generoso para incorporar la forma del ‘michi’, en quechua, o ‘phisi’, en aimara.

ARTE LIBRE

El interno ayacuchano Manuel Laura Canchari, de 38 años, y el puneño Hernán Tasa Chambi, de 32, han comenzado a elaborar vistosos tapetes, mantas y telares que gozan del aprecio de empresarios del Cusco.

Cada tres meses, los dos entregan sus productos a los comerciantes que viajan hasta el mismísimo penal cañetano y cargan con un lote de tejidos para luego venderlos a turistas que los compran atraídos por sus colores intensos y, sobre todo, por los diseños gatunos de formas geométricas: los gatos parecen levantar sus patas para jugar con los ovillos de lana.

Ambos internos ingresaron en el reclusorio por tráfico de drogas: Manuel entró hace 9 años; y Hernán, hace 5 meses. Aunque la vergüenza invade sus rostros, ellos prefieren voltear la página, aceptar la consecuencia de sus actos y hacer suya la palabra ‘resocialización’. En seis sílabas, es la herramienta que el Instituto Nacional Penitenciario les ha dado para recomponer sus vidas, con educación y trabajo.

Ajenos al pasado, los felinos los miran con atención: en cuatro patas, no entienden de golpes de la vida y se contentan con los pescados que les ofrecen después de la paila del mediodía. El espinazo es el bocado predilecto que aprendieron a robar a otros presos, cuando estos se descuidan.

Manuel y Hernán lograron ingresar sus telares por piezas y, con habilidad y paciencia, los armaron en el taller con atornillador y martillo. Y hoy, cual insectos atrapados en una telaraña, sus miradas se fijan entre los hilos que preceden a un nuevo manto o un tapete. Entrelazan las fibras, tiran y jalan, aprietan.

El trabajo en los textiles es agotador. Pero, en prisión, el cansancio se transforma en paciencia, un capital invalorable mientras se cumplen los años de condena.

En el taller, el reloj ya no es el instrumento para medir el paso del tiempo. Ahora, los hilos y su insignificante grosor cumplen esa tarea: uno a uno, configuran los extensos telares que llegan a medir 120 centímetros de ancho por 160 de largo y que son vendidos por 100 y hasta 200 soles cada uno.

En este rincón enrejado de Cañete, solo el recuerdo de los hijos hace tolerable la estadía. Los recuerdos de familia tienen la virtud de dibujar sonrisas en los rostros tras los barrotes. Pero no solo ellos, también los traviesos gatos plasmados en los mantos: rojos, verdes, amarillos y naranjas, felinos multicolores.

AMISTAD FELINA

No hace mucho, los dos reclusos recibieron una buena noticia. El Inpe les informó que dentro de ocho meses cumplirán con sus condenas. Y ahora solo piensan en los 500 o tal vez 1,000 mininos que deben tejer hasta recobrar la libertad.

Esperanza y amistad es lo que ofrecen los felinos de carne y hueso a los casi 2,000 internos del penal de Cañete, quienes sienten que sus destinos están unidos de alguna misteriosa manera a estos seres de siete vidas: los celadores no pueden controlar su ingreso, no hay ‘huellero’ electrónico que los identifique, tampoco vara de reglamento que impida su presencia por los pasadizos.

El director del penal, Rodolfo Valdivia, es severo en la seguridad interna y para él no hay ‘gato encerrado’. Por ello, el taller de telares goza de la aprobación correspondiente y ya tiene planes para impulsar el trabajo textil con más internos, debidamente capacitados en este arte andino. No hay que buscarle cinco patas al tema; en el penal de Cañete, la gente que sueña con su libertad convive con el gato. Y nadie se araña. 

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